Berlín comunista. El muro

Si algo es atractivo al pensar en Berlín actualmente y desde su caída, es el muro. Los alemanes se avalanzaron para su demolición, más que lógica después de librarse por fin de su opresiva presencia, obstáculo asesino y angustioso significado social, sin saber entonces que se convertiría muy pronto en un reclamo turístico de primer orden.

De los casi 160 kilómetros de extensión permanente durante casi treinta años, apenas quedan un par de ellos en su sitio original, además de varias muestras repartidas en varios centros de historia, cultura y turísticos.

La parte más extensa y decorada por su cara A por artistas seleccionados –por su cara B, por artistas anónimos-, se extiende durante un kilómetro y medio en la margen derecha del Spree, rodeada de nuevas edificaciones de lujo, negocios de parafernalia historicista y bares estupendos con vistas magníficas sobre la otra margen: la East Gallery.

En Bernauer Strasse queda otro trozo amplio, además de una muestra de los lugares donde cayeron otras tantas personas tratando de huir, muy cerca del mercadillo del mismo nombre, el más popular de la ciudad. Al parecer, en la parte norte, algo más estrecha entre edificios, se produjeron la mayoría de los intentos de fuga en rasante y por túneles marcados en el pavimento.

Un trozo largo y ya desprovisto de los graffitti por su lado capitalista permanece custodiando las ruinas de la antigua Escuela Industrial de Artes y Oficios, luego cuartel general de la Gestapo, en una exposición permanente con el sugestivo nombre de Topografía del Terror.

En Postdamer Platz, apenas unos cuantos bloques forrados de chicle masticado y ahí depositado, en lo que fue la parte más ancha y vigilada del muro, y enmarcados en un camino señalizado de amarillo que emula el recorrido original hasta la Puerta de Brandemburgo. En la nueva plaza cruza en diagonal una línea de ladrillo que recorre otro trozo del muro, sin embargo, no hemos sido capaces de encontrar esa traza en ningún mapa del muro, pero ahí está.

Y, por fin, existen sendas muestras transportadas hasta allí en el Museo del Checkpoint Charlie que conserva pintura; y en Alte Münze, una muestra audiovisual de los años de 1990 post muro, francamente interesante.

Pero, a pesar de conservar estos pedazos de horror, el aire de Berlín se alimenta mucho de aquellos recuerdos, exhibiendo una amplia selección de víctimas y torturadores, que logra plenamente que la pena, la tristeza, la angustia y el espanto se adueñen día sí y día también de nuestras almas. El derroche abultado de compasión y rabia salen de nuestros poros sin remedio. Menos mal que la Isla de los Museos es un bálsamo.

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Communist Berlin. The wall. If there is something attractive when thinking about Berlin now and since its fall, it is the wall. The Germans took advantage of their demolition, quite logical after finally getting rid of their oppressive presence, murderous obstacle and anguished social meaning, without knowing then that it would soon become a first order tourist attraction.

From the nearly 160 kilometers of permanent extension for almost thirty years, there are hardly a couple of them left in their original site, in addition to several samples spread over various centers of history, culture and tourism.

The most extensive part and decorated by its face A by selected artists -by its B side, by anonymous artists-, extends for a kilometer and a half on the right bank of the Spree, surrounded by new luxury buildings, businesses of historicist paraphernalia and superb bars with magnificent views on the other side: the East Gallery.

Bernauer Strasse is another large piece, as well as a sample of the places where many other people tried to flee, very close to the market of the same name, the most popular in the city. Apparently, in the northern part, something narrower between buildings, most of the attempts to escape in ground and through tunnels marked on the pavement occurred.

A long section, already devoid of graffiti, on its capitalist side remains guarding the ruins of the old Industrial School of Arts and Crafts, then Gestapo headquarters, in a permanent exhibition with the suggestive name of Topography of Terror.

In Postdamer Platz, just a few blocks lined with chewed gum and deposited there, in what was the widest and most watched part of the wall, and framed in a road marked yellow that emulates the original route to the Brandenburg Gate. In the new square it crosses a brick line diagonally that crosses another piece of the wall, however, we have not been able to find that trace in any map of the wall, but there it is.

And, finally, there are some samples transported there in the Checkpoint Charlie Museum that preserves paint; and in Alte Münze, an audiovisual show from the 1990s post wall, frankly interesting.

But, in spite of keeping these pieces of horror, the air of Berlin feeds a lot on those memories, exhibiting a wide selection of victims and torturers, that fully achieves the grief, the sadness, the anguish and the fright take control on our souls day after day. The wasteful bulge of compassion and rage comes from our pores without remedy. Fortunately, Museum Island is a balm.

 

 

 

 

 

 

 

 

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