Londres por la suela

Londres ya no es lo que era –como casi todas partes-. La descolonización y subsecuente caída del nacionalismo metropolitano, más la pertinaz globalización que nos ofrece la electrónica (mayormente), ha dado cabo del estilo de vida y de las buenas formas inglesas: las personas globales se muestran indiferentes, cuando no sutilmente hostiles, con sus vecinos de acera, metro, circunstancia social, etc. El codazo, empujón, cruce inoportuno, etc., son armas que hay que saber utilizar, o bien, permanecer retraído hasta encontrar un hueco en la circulación. Y, hablando de circulación, ahí sí se mantiene cierta urbanidad que sólo algunos turistas imprudentes nos obstinamos en alterar.

Tanto aparece la pérdida de europeidad –cuya banderita paternal los ingleses siempre han izado, o pretendido al menos-, que el gran Harrods, aquel templo de la calidad y el buen gusto donde mi abuela encargada cosas de casa, ahora es el mismo templo dedicado al dios petróleo y a sus riquísimos servidores: apenas hay un anaquel donde no se perciba ese gusto de metales y cristales brillantes etiquetados con cualquier marca de lujo-lujo-de-verdad. Siempre nos quedará el indómito y aventurero Fortnum & Mason (un café y un té, 11 libras, nada caro en una ciudad que rebosa riqueza, influencia y poder).

A cambio de la tradicional piratería inglesa y sus requisas no menos globales, la museística es abrumadora. Me duele reconocer que, visto el recorrido de tantos países y protectorados ex británicos, la custodia de tantísimos tesoros es hoy providencial. La riqueza histórica y artística deja sin aliento hasta al más paleto, sus contenedores –llamarlos museos es casi un pecado- se encuentran repletos de piezas, tanto que llegan a avasallar la mirada, la curiosidad y la paciencia de los pobres pies. No obstante y como español, agradezco enormemente nuestro patrimonio universal y la museística tan prudente como selecta que gozamos.

La vida de turista privilegiado en Londres no puede tacharse de amarga, ni siquiera de incómoda y, por oposición al largamente celebrado turismo en Italia, los ingleses se lo hacen pagar nada barato: cualquier monumento, excepto los museos, contiene una taquilla no apta para becarios. A cambio, instalaciones magníficas, ciertamente equilibradas y custodiadas por mucho personal uniformado, especializado, amable y solícito (atiende, Italia…). Son el contrapeso a la ciudadanía de a pie que invade, llegado el fin de semana, el centro de Londres en un paseo inmisericorde, masivo y caótico. Los horarios se cumplen y el retraso meridional no existe: si no estás a la hora, mejor no vayas y te vas a la cama sin cenar.

Y, por más consideraciones y tarjetas-bono que se oferten, la suela sigue siendo el mejor transporte y más cercano. La superficie adolece de una orografía casi plana pero irregular: no solamente Londres es intrincado y medieval, sino estrecho y sosteniendo un tráfico denso y que sigue empecinado en ir por el carril opuesto siempre. Mientras que el subsuelo agujereado ofrece una agilidad no menos estrecha, pero mucho más fluida. En noviembre, por ejemplo, con una luz diurna tan escasa, el metro es un gran aliado. Y con esa experiencia me quedo, porque los buses para turistas no ofrecen más que atascos y cocorotas expuestas a la lluvia gris y sempiterna de la Corriente del Golfo.

Hago una salvedad en los barcos para turistas que ofrecen una parcial, pero preciosa, imagen del Londres histórico –en el sentido del Támesis, que siempre estuvo ahí- hasta Greenwich, apreciando cada viejo, obsoleto y reemplazado astillero fluvial.

Ganado Greenwich y salvadas las visitas a los ancianos Belfast y Cutty Sark, buques-museo de dudoso interés, el paseo ascendente hasta el célebre observatorio, poco menos que un montón de tierra arbolada sobre una pradera hermosísima, revela una obviedad que resultó comodísima para el inglés científico: cualquier punto de una circunferencia pudiera haber sido declarada meridiano 0, poner una tienda de recuerdos y sentarse al escaso sol con los pies al aire, pinta (sin tapa –aficionaos…-) en mano.

En fin, desde mi última y brevísima visita hace un año, hacía muchos años que no buceaba por Londres a voluntad, muchos recuerdos de otras ocasiones, muchos cambios, mucha pérdida, pero, como con la rapiña artística, ¿quién sabe si providencial?

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London by the sole

London is no longer what it was – almost everywhere. The decolonization and subsequent fall of metropolitan nationalism, plus the pervasive globalization that electronic (mostly) offers us, has ended the way of life and good English forms: global people are indifferent, if not subtly hostile, with their sidewalk, underground, social circumstance neighbours, etc. The elbow, the push, the wrong crossing, etc., are weapons that one must know how to use, or, to remain retracted until finding a gap in the circulation. And speaking of circulation, there does remain a certain urbanity that only some reckless tourists obstinate in altering.
So much appears the loss of Europeanness -whose paternal pennant the English have always hoisted, or at least pretended- that the great Harrods, that temple of quality and good taste where my grandmother charged things for home, is now the same dedicated temple to the God of Oil and his rich servers: there is scarcely a shelf where one does not perceive that taste of metals and glittering crystals labeled with any mark of true-luxury-luxury. We will always have the wild and adventurous Fortnum & Mason (a coffee and tea, 11 pounds, nothing expensive in a city brimming with wealth, influence and power).
In exchange for the traditional English piracy and its not less global predations, the museum is overwhelming. It pains me to recognize that, having seen the route of so many ex British countries and protectorates, the custody of so many treasures is today providential. The historical and artistic richness leaves breathless even the humblest hick, its containers – call them museums is almost a sin – are full of pieces, so much as to overwhelm the look, curiosity and patience of poor feet. Nevertheless and as a Spanish, I greatly appreciate our universal heritage and the museum as prudent as selective we enjoy.
The privileged tourist life in London can not be called bitter, or even uncomfortable, and, as opposed to the long-held tourism in Italy, the English make it pay nothing cheap: any monument, except museums, contains a ticket office not suitable for fellows in practice, magnificent facilities, certainly balanced and guarded by many uniformed, specialized, friendly and solicitous personnel (you see, Italy…?). They are the counterweight to ordinary citizens who invade on the weekend the center of London on a merciless, massive and chaotic walk. The schedules are fulfilled and the southern delay does not exist: if you are not on time, you better not go and get bed with no dinner.
And, for more considerations and bonus cards that are offered, the sole is still the best and closest transportation. The surface suffers from an almost flat but irregular terrain: not only London is intricate and medieval, but narrow and sustaining a dense traffic and still stubborn in going the opposite lane ever. While the bored subsoil offers no less narrow agility, but much more fluid. In November, for instance, with so little daylight, the underground is a great ally. And with that experience I stay, because the buses for tourists offer nothing more than jams and chumps exposed to the grey and everlasting rain of the Gulf Stream.
I make a reservation on tourist ships that offer a partial but precious image of historic London – in the sense of the Thames, which was always there – to Greenwich, appreciating every old, obsolete and replaced river wharf.
Gained Greenwich and saved visits to the elderly Belfast and Cutty Sark, museum-vessels of dubious interest, the walk up to the famous observatory, little less than a lot of wooded land on a beautiful meadow, reveals a notion that was very comfortable for the scientific English: any point on a circumference could have been declared meridian 0, put a souvenir shop and sit in the scarce sun with your feet in the air, pint (without tapa -amateurs… -) in hand.
Anyway, since my last very brief visit a year and odd ago, I had not been diving at will in London for many years, many memories of other occasions, many changes, much loss, but, as with artistic rapture, who knows if providential?

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Ojo de búho

Esta imagen representa técnicamente lo que el ojo humano sería capaz de ver casi en plena oscuridad, incluso se atisba algo de color natural. Fabuloso. Un objetivo con focal de 50mm y apertura de 1.1, ambos parámetros ligeramente inferiores al ojo ideal, es lo que calza desde esta tarde mi maravillosa Leica M. Parece que la pugna por la fotografía nocturna, súbita, normalmente emboscada, rápida, está a punto de culminar. De la misma manera que la búsqueda del objetivo perfecto (cuando menos para mi bolsillo).
Este mes de noviembre que parece amanecer geográficamente movido será un escenario fenomenal para dejar que pasee a su aire.

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Owl eye. This image technically represents what human eye would be able to see almost in the dark, even glimpsed some natural color. Fabulous. A lens with 50mm focal and 1.1 aperture, both slightly below the ideal eye parameters, is what fits my wonderful Leica M since last afternoon. It seems that the struggle for surprising, usually ambush, fast, night photography is about to complete. As well as for the hunt of the perfect lens (at least for my budget).
This November which seems to dawn geographically moved will be a great stage to let it walk on its own.

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Depilaos

Hay una subespecie en el templo del dolor musculado que, por más que lo tengo delante a diario,se me escapa. Debe ser por sus propiedades velocísticas.
Hace varios años alguien me llamó la atención acerca de mis pelos en las piernas cuando iba vestido de ciclista por esos montes de Castilla -me llevaba la bici a cuanto viaje, sin importar destino, incluso-. Incapaz de describir mi expresión facial al respecto, pero sí de recordar haber preguntado, todo incrédulo, la razón para que un simple aficionado al deporte y ferviente paseante en bici se viera impelido a rasurarse sus piernas (¿y los brazos… Y la cabeza?). Se me respondió muy profesionalmente que, en natación, las burbujas de aire retenidas entre ese pelo disminuía la velocidad en un porcentaje significativo, tanto que había peligro de perder la victoria. Y que, muy importante, el culotte queda fatal con pelo. Toma ya, campeón.
Ciclismo, natación, hay un paralelismo de desplazamiento a través de un fluido más o menos denso. Pero, se me ocurrió aducir, si me depilo bien depilao, ¿mis paseos serán más bonitos? Hombre…, pues no. Ah. Pues va a ser que no me afeito un pelo. Valiente memez.
Y años más tarde, vualá, me encuentro rodeado de tipos depilados bajo las trazas de infinitas modas deportivas. Muy pocos tienen pinta de ser campeones deportivos. Es más, ya dudo que ningún campeón deportivo se entrene en un gimnasio de barrio, por molón que sea (ambos, campeón y gimnasio). Luego dudo muy mucho que esa depilación llevada al extremo de aplicarle un láser piloso-letal proporcione récord alguno en competición alguna.
Me da en la nariz que se trata más bien de una táctica estética cuyas ventajas, la verdad, se me escapan, una vez descartado el afán competitivo. Y lo sé porque la más frecuente mayoría de calvos sectorialmente inferiores muestran una cabellera saneada y una barbita estratégica, ergo no son alopécicos absolutos, sino presumidos ¿de naitclab? -por pecar de tópico, que me apetece mucho-.

Shaved. There’s a subspecies in the temple of muscular pain, no matter what I have in front every day, is beyond me. It must be in their speedy properties.
Several years ago someone called attention to my hair on my legs when I was dressed as a cyclist by the hills of Castile -I used to take the bike with me every trip,  regardless of destination, even-. Unable to describe my facial expression about it, but remember to have asked, absolutely unbelieving, the reason to fit with a sports fan and avid biking marauder to be impelled to shave his legs (and arms… and head?). I was very professionally responded that, swimming, air bubbles retained among the hair slowed down by a significant percentage, while there was a risk of losing the victory. And, quite important, the culotte is hairy fatal. Take that, champ.

Cycling, swimming, there is a parallel displacement through a more or less dense fluid. But it happened to me to argue if I shave well shaved, my rides will be more beautiful? Man… nope. Ah. I’m not shaving a single hair then. Bold foolishness.
And years later, voilá, I feel myself like surrounded by shaved fellows under the traces of endless sports fashion. Very few have the look to be sporting champions. Moreover, I doubt that any sports champion gets trained in a neighborhood gym, groovy it (both champion and gym). Then I doubt very much that hair removal in the extreme of applying a hair-lethal laser provide any record in any competition.
It slaps me in the nose that is more a tactic which aesthetic advantages, truly, eludes me, once ruled the competitive zeal. And I know that the most common sectorially lower bald show healthy hair and strategic beard, ergo, balding isn’t absolute, but does nightclub smug? –just a topical sin, as I feel like much-.

Depilaos

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Que le den al turco

Otro grave error de la OTAN en los límites europeos. Uno siempre creyó que esa alianza militar nacía para hacer frente al temido Pacto de Varsovia. Una vez desaparecido el Telón de Acero se ha convertido en el Inspector Clouseau de la mano de unos Estados Unidos más Mr. Magoo que nunca.
A medida que crece la certeza de estar dentro de una guerra atípica, larga, cruenta y con consecuencias desgraciadas para Europa, que es donde vivo y quiero seguir, más me convenzo de que tocar los cataplines a los rusos es grotesco, además de arriesgado. En vez de considerar a Rusia como aliado natural… Y necesario.
Qué bien hace las cosas Estados Unidos en sus políticas de supremacía económica y qué patazas en las demás. Cada día me siento, mal que pese a mi querida Ucrania, más próximo a Rusia y a su claridad de ideas en estos días de tormenta de arena.
Que nadie dude que el turco recibirá sorpresas desde el norte que harán escocer su culito geográfico. Y los clínex de la OTAN no podrán emplearse: no habrá causa.
Dice mi hermano, que es un fino analista, que observemos al senador McCain: cada vez que viaja, se monta un pifostie que sólo alimenta a los groupies de la alianza de civilizaciones, los de las flores, velas y pianos en la rue.
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Fuck Turkey. Another mistake of NATO in European limits. I always thought that this military alliance was born to face the dreaded Warsaw Pact. Once the Iron Courtain disappeared has become the Inspector Clouseau in the hand of an America more Mr. Maggo than ever.
As it grows the certainty of being in an unusual war, long, bloody and unfortunate consequences for Europe, which is where I live and I want to continue, the more I believe that playing with Russian balls is grotesque also risky. Instead of seeing Russia as a natural ally… and necessary.
How well do things United States in its economic policies and what goofy supremacy in the rest. Everyday I feel, somehow despite my beloved Ukraine, closer to Russia and its clarity of thought in these days of sandstorm.
Let no one doubt that the Turkish get surprises from the north that shall burn its geographical ass. And then, NATO’s Kleenex may not be used: no cause.
My brother, a fine and sharp analyst, recommends to watch Senator McCain: whenever he travels a punch-up raises that only feeds the groupies of the alliance of civilizations, those of the flowers, candles and pianos in the rue.
 
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Tragar ruido

De entre todas las sensaciones que me asaltan en cada sesión gimnástica anti-achaque, sin duda alguna la que más me descoloca es el ruido (agradezco a mi cuerpo ser peninsular: rodeado de silencio por todas partes, menos por una).
Supe hace poco algo que intuía y trasladaba al deporte: la luz golpea con cada partícula de cada rayo recibido y provoca un cansancio tremendo. Que gracias a ese fenómeno logre plasmar imágenes, sólo es el dibujo de una descomunal paliza.
Pero ahora descubro que el ruido no es menos violento. Y eso que escuchar rock a toda galleta allá donde me pillara ha sido un gozo indiscutible. Fantástico.
Una sala de máquinas enorme y diáfana, cuyo único amortiguador es el tejido humano, es necesariamente sonora, con eco -el suelo de madera falsa no hace sino dejarlo correr hacia los muros de cristal-, cientos de poleas en movimiento, cientos de pesas de diverso calibre cayendo libres, gemidos cuando no alaridos de los forzudos y, sobre todas las cosas, una incesante emisión de música machacona, absurdamente rítmica y pretendidamente animadora desde innumerables parejas de altavoces de baja calidad. Inimaginable castigo para quien nació con el estéreo abrazando a todo volumen su cerebro.
Es cierto que no se me ocurre imaginar introspección mientras mi oblícuo derecho se ejercita, ni concibo el local como espacio para mantener una animada conversación mientras las máquinas de andar cumplen con el engrase de las articulaciones. Pero sí observo una variedad grande de edades -y preferencias- comprendidas entre las paredes de este lugar y no logro compaginar ese ruido con la imprescindible mentalidad que necesitan las feromonas para campar en sus deberes.
No soy capaz de exponer el sonido sobre el papel. Sí soy capaz de expresar que es atronador y que acorta las sesiones diarias.
Cada día, al recibir de nuevo el sosegante sonido de Madrid, no hago sino idear medios de sabotaje.
Me pone negro.
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Pinzas en la nariz

De vuelta el fresco pre-otoñal, frío en algunas amanecidas, parece que el sistema de renovación de aire se estanca un tanto y permanecen entonces igualmente quietos los aromas propios de un gimnasio, y no me refiero al linimiento.
Sin pretender ser un purista de la higiene, sí lo soy de la pituitaria, al menos de la mía, que deseo se mantenga lejos de contaminación olfativa perversa en lo posible. Así, entiendo que tanto cuerpo como ropa pasan por el agua con jabón tras cada sesión deportiva. Por ende, no entiendo cómo es que el sudor añejo incrustado en ropa y piel permanezca ahí a despecho de su poseedor y transportista. ¿Es la pituitaria tan lista que admite y silencia la pestilencia? Pues debe ser, pero en mis últimas visitas al templo del músculo he comprobado que o bien mi pituitaria es imbécil, o bien el vecindario es un puerco.

La foto ilustrativa nada tiene que ver con el asunto de hoy. Me gustan esas piernas.

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La belleza estará en el interior, pero sólo se ve desde fuera.

Antes de nada, he descubierto y aprecio mucho las bondades de tomar las aguas, o más modernamente, de hacerse un spa. Embutido en mi gorrito de baño impreso con propaganda comercial y permitir que burbujas de diferentes diámetros y fuerza rodeen el cuerpo, potentes chorros de agua que golpean casi en cualquier posición (y sin casi), y cambiar de estanque según las preferencia térmicas es todo un prodigio. Falta lo de la sauna, pero aun soy prudente para jugar a ser una pasa.
Acabado el paréntesis, en los ratos entre series de ejercicios y toallas empapadas, miro a las personas de mi alrededor. No sé si ellos hacen lo mismo, creo que no en esta sociedad cada día menos barrio, más aséptica. Y cuanto más miro, más aprendo y más sorprendo mi pensamiento.
No se trata de la belleza en sí, la exterior, palpable casi con cualquier traza y actitud, no. Se trata de la que asoma en un instante en el que el hombre está aislado de los demás, del ruido, en su esfuerzo y quizá en su dolor. Ese instante deja que vea algo parecido al hombre genuino, sin pose social, sin imagen propia, sin pudor. Sin vanidad.
La belleza radica ahí, en el sacrificio y en la satisfacción íntima.

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