Berlín comunista. El muro

Si algo es atractivo al pensar en Berlín actualmente y desde su caída, es el muro. Los alemanes se avalanzaron para su demolición, más que lógica después de librarse por fin de su opresiva presencia, obstáculo asesino y angustioso significado social, sin saber entonces que se convertiría muy pronto en un reclamo turístico de primer orden.

De los casi 160 kilómetros de extensión permanente durante casi treinta años, apenas quedan un par de ellos en su sitio original, además de varias muestras repartidas en varios centros de historia, cultura y turísticos.

La parte más extensa y decorada por su cara A por artistas seleccionados –por su cara B, por artistas anónimos-, se extiende durante un kilómetro y medio en la margen derecha del Spree, rodeada de nuevas edificaciones de lujo, negocios de parafernalia historicista y bares estupendos con vistas magníficas sobre la otra margen: la East Gallery.

En Bernauer Strasse queda otro trozo amplio, además de una muestra de los lugares donde cayeron otras tantas personas tratando de huir, muy cerca del mercadillo del mismo nombre, el más popular de la ciudad. Al parecer, en la parte norte, algo más estrecha entre edificios, se produjeron la mayoría de los intentos de fuga en rasante y por túneles marcados en el pavimento.

Un trozo largo y ya desprovisto de los graffitti por su lado capitalista permanece custodiando las ruinas de la antigua Escuela Industrial de Artes y Oficios, luego cuartel general de la Gestapo, en una exposición permanente con el sugestivo nombre de Topografía del Terror.

En Postdamer Platz, apenas unos cuantos bloques forrados de chicle masticado y ahí depositado, en lo que fue la parte más ancha y vigilada del muro, y enmarcados en un camino señalizado de amarillo que emula el recorrido original hasta la Puerta de Brandemburgo. En la nueva plaza cruza en diagonal una línea de ladrillo que recorre otro trozo del muro, sin embargo, no hemos sido capaces de encontrar esa traza en ningún mapa del muro, pero ahí está.

Y, por fin, existen sendas muestras transportadas hasta allí en el Museo del Checkpoint Charlie que conserva pintura; y en Alte Münze, una muestra audiovisual de los años de 1990 post muro, francamente interesante.

Pero, a pesar de conservar estos pedazos de horror, el aire de Berlín se alimenta mucho de aquellos recuerdos, exhibiendo una amplia selección de víctimas y torturadores, que logra plenamente que la pena, la tristeza, la angustia y el espanto se adueñen día sí y día también de nuestras almas. El derroche abultado de compasión y rabia salen de nuestros poros sin remedio. Menos mal que la Isla de los Museos es un bálsamo.

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Communist Berlin. The wall. If there is something attractive when thinking about Berlin now and since its fall, it is the wall. The Germans took advantage of their demolition, quite logical after finally getting rid of their oppressive presence, murderous obstacle and anguished social meaning, without knowing then that it would soon become a first order tourist attraction.

From the nearly 160 kilometers of permanent extension for almost thirty years, there are hardly a couple of them left in their original site, in addition to several samples spread over various centers of history, culture and tourism.

The most extensive part and decorated by its face A by selected artists -by its B side, by anonymous artists-, extends for a kilometer and a half on the right bank of the Spree, surrounded by new luxury buildings, businesses of historicist paraphernalia and superb bars with magnificent views on the other side: the East Gallery.

Bernauer Strasse is another large piece, as well as a sample of the places where many other people tried to flee, very close to the market of the same name, the most popular in the city. Apparently, in the northern part, something narrower between buildings, most of the attempts to escape in ground and through tunnels marked on the pavement occurred.

A long section, already devoid of graffiti, on its capitalist side remains guarding the ruins of the old Industrial School of Arts and Crafts, then Gestapo headquarters, in a permanent exhibition with the suggestive name of Topography of Terror.

In Postdamer Platz, just a few blocks lined with chewed gum and deposited there, in what was the widest and most watched part of the wall, and framed in a road marked yellow that emulates the original route to the Brandenburg Gate. In the new square it crosses a brick line diagonally that crosses another piece of the wall, however, we have not been able to find that trace in any map of the wall, but there it is.

And, finally, there are some samples transported there in the Checkpoint Charlie Museum that preserves paint; and in Alte Münze, an audiovisual show from the 1990s post wall, frankly interesting.

But, in spite of keeping these pieces of horror, the air of Berlin feeds a lot on those memories, exhibiting a wide selection of victims and torturers, that fully achieves the grief, the sadness, the anguish and the fright take control on our souls day after day. The wasteful bulge of compassion and rage comes from our pores without remedy. Fortunately, Museum Island is a balm.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Berlín en 73.487 mts lineales

En una superficie plana y cuajada de agua aun se reconstruye Berlín, la ciudad que durante los últimos cien años ha sufrido guerras y dictaduras crudelísimas. Sobre todo si se considera que eran dictaduras cometidas sobre sus propios ciudadanos, por mucho que se razone que vienen dadas por vaivenes políticos -cuyas raíces descansan y se retroalimentan constantemente en una lista de agravios con un vaivén no menor-. Como señala Sacha Watkin desde el Cono Sur, la historia contemporánea de Berlín está en la calle, igual que las bicis, por todas partes. De la anterior a 1918, ruinas desperdigadas. En los museos, el arte desconocido -para mí- de autores alemanes impactantes.

Pudiera prescribirse una afluencia de salchichas con chucrut y cerveza a esgalla. Nada más lejos de la realidad: hay que buscar calidad con denuedo y huir de la berlinesa currywurst sobre plato de cartón servida por aficionados. Claro es que esa lisura del pavimento despierta hambre y ánimo de reposo y ahí radica el aprovechamiento del chiringuito cutre. En fin, tampoco es que los lugares recomendados brillen por su amabilidad ni servicio, al contrario que una alta proporción de alemanes amables, ávidos de ayudar y parloteando un inglés más que digno. Gracias, Berlineses.

Moverse en Berlín es cómodo, fácil y muy agradable: amplios parques, amplio y robusto arbolado, buen y regular pavimento, excepto donde hay obras de reconstrucción, del metro o de lo que sea, es decir, casi todo el centro urbano. El centro, tras la caída del muro -otra presencia tan etérea como imprescindiblemente buscada-, ha regresado a su lugar habitual cerca de la catedral, la Isla de los Museos y el palacio de los Hohenzollern, ahora bajo la administración de la Universidad Humboldt y maravillosamente cerca a la Alexander Platz, orgullo de la extinta RDA y reconvertida en un inmenso conglomerado comercial. Sin duda, la bici hubiera sido un gran aliado para conservar nuestras suelas: preferencia y normalidad circulatoria por cuanta parte accesible.

No obstante, cualquier mapa de la ciudad aparece más extenso de lo que es en realidad. Se alcanzan casi todos los objetivos con rapidez. No obstante otra vez, se aconseja mirar hacia los lados y hacia arriba: hay muestras de arte y restos históricos en una miriada de lugares, algunos tan pequeños como esas placas doradas, apenas mayores que un adoquín, señalando el asesinato o el domicilio de las víctimas del nacionalsocialismo y del comunismo que parecen rivalizar en trofeos como buenos hijos de la misma madre que son: el socialismo. Al mismo tiempo, ambos hermanos también son reos de la destrucción de un patrimonio enorme del que, a veces, apenas queda un cartel donde estuvo tal o cual cosa, o bien ha sido reconvertido en tal o cual función, eliminando símbolos o sustituyéndolos por otros más afines, más centrados, menos duros.

Berlín se ha mostrado acogedor, amable y dinámico. Cuando logre un desarrollo turístico moderno, será una ciudad doblemente magnífica. Gracias por estos días de sol y luz, de revelación de nuestra capacidad de angustia histórica, de profunda pena y de un amplio repaso a nuestra conciencia y nuestros pensamientos y actos.

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Postdamer Brücke sobre el Landwehrkanal

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Postdamer Strasse

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Ebertstrasse con Hans-von-Bülow Strasse

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Unter den Linden terminando en la catedral y Humboldt Box

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Neptunbrunnen

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Nikolaikirche

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En la boca de metro de Kurfürstenstrasse

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Sony Center

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Mehring Platz

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Domingo en la estación de metro de Klosterstrasse

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Steel Vintage Bikes en Wilhelmstrasse

Berlin in 73.487 linear meters. On a flat, water-filled surface, Berlin is still being rebuilt, the city that has suffered from the wars and crudest dislocations for the last hundred years. Especially if one considers that they were dictatorships committed on their own citizens, no matter how much one thinks that they are given by political swings – whose roots rest and are constantly fed back into a list of grievances with a no less swaying-. As Sacha Watkin points out from the Southern Cone, the contemporary history of Berlin is on the street, as are the bikes, everywhere. From the previous to 1918, scattered ruins. In museums, the unknown art – for me – of shocking German authors.

An influx of sausages with sauerkraut and beer can be prescribed to glue. Nothing is further from reality: you have to look for quality with boldness and escape from the Berlin currywurst on a cardboard plate served by amateurs. Of course, that smoothness of the pavement arouses hunger and the spirit of repose, and that is where the use of the shabby chiringuito takes place. In short, it is not that the recommended places shine for their kindness or service, unlike a high proportion of friendly Germans, eager to help and chatter a more than worthy English. Thanks, Berliners.

Moving in Berlin is comfortable, easy and very pleasant: large parks, broad and robust trees, good and regular pavement, except where there are reconstruction works, the metro or whatever, that is, almost the entire urban center. The center, after the fall of the wall – another presence as ethereal as it was imperatively sought -, has returned to its usual place near the cathedral, the Museum Island and the Hohezollern Palace, now under the administration of the Humboldt University and beautifully close to the Alexander Platz, pride of the former GDR and converted into a huge commercial conglomerate. Undoubtedly, the bike would have been a great ally to keep our soles: preference and circulatory normality by any accessible part.

However, any map of the city appears more extensive than it is in reality. Almost all targets are reached quickly. However again, it is advisable to look to the sides and upwards: there are art samples and historical remains in a myriad of places, some as small as those golden plates, barely larger than a cobblestone, pointing to the murder or the home of the victims of National Socialism and Communism that seem to rival in trophies as good children of the same mother they are: Socialism. At the same time, both brothers are also guilty of the destruction of an enormous patrimony, of which, at times, there is hardly a poster where such or such thing was, or it has been reconverted in this or that function, eliminating symbols or substituting them by others more related, more focused, less hard.

Berlin has been welcoming, friendly and dynamic. When it achieves a modern tourist development, it will be a doubly magnificent city. Thank you for these days of sun and light, of revelation of our capacity for historical anguish, of deep sorrow and of a broad review of our conscience and our thoughts and actions.

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Cataluña versvs Ella Misma

IMG_20171007_124124.jpgEl pretendido conflicto secesionista que invade la mente catalana y la enfrenta irremediablemente a sus compatriotas, además de inventado, alimentado y mimado, obedece a un magnífico negocio para quienes lo sustentan, a la par que un pésimo asunto económico y social para quienes no estamos en la onda política.

Desde que nos constituimos en este remedo de democracia, con un modelo apto solamente para preescolares (el ejecutivo se sienta de tú a tú en el legislativo que además elige al judicial y, para más inri promociona una ley electoral que aúpa porcentualmente a los nacionalistas minoritarios, entre otras gollerías diversas y enrevesadas), el concepto anormalmente envidioso de café para todos se ha convertido, desde un entorno de diversidad cultural, en un Estado de Taifas, a la moruna, ni siquiera federalista, donde cada cual en virtud del valor que pudiera tener su voto en coyunturas que se repiten anualmente, obtiene a cambio la tajada correspondiente en competencias y financiación que desembocan en la creación de nuevos y prósperos negocios a la sombra de la taifa. Jocosamente, tales prebendas y privilegios apenas pisan la calle, salvo para refinanciarse glotonamente, apenas salen de los parlamentos regionales y de las personas que se sirven de ellos.

Al fondo del aparato, del sistema, estamos los ciudadanos, contribuyentes y votantes que, además, vamos y nos cabreamos morrocotudamente con cada giro de este culebrón que son las autonomías y sus duelos con el Gobierno, pero que regresamos tan a menudo como ingenuamente a las urnas para validar lo que, generalmente, nos parece menos malo.

Sin embargo y desde esta tecla irrelevante, creo que esta vez Cataluña ha tocado el fondo de la paciencia de a pie. Nos ha alterado la vida diaria, metido el temor en el cuerpo e irritado hasta el patriotismo que reservamos para el deporte exclusivamente. Menudos somos.

No es ya momento de andar de análisis y conclusiones, está la prensa llena de solventes firmas cargadas de historia, razón, argumentos y lógica. Pero echo tanto de menos una palabra de moraleja… Moraleja de este suceso tan dramático, tan arteramente conducido por un gobierno cívico en la sombra con siglas ANC y foros culturales, Omnium, que no esconden sino un aparato de propaganda y agitación (sí, aquella célebre agitprop) profesional –no en vano sus directores no son sino aquellos que encabezaron y lideraron la Crida, cuyos lazos de afecto con ETA y sus herribatasunos dieron solfa y literatura cuando los últimos andaban masacrando españoles en y de Cataluña, ahí es nada-, moraleja de algún partido serio que patrocine el fin de este Estado de las Autonomías, cuajado de oportunistas, carísimo, inutilísimo, cuyos resultados tras cuarenta años de existencia sólo aportan división y tasas: los ciudadanos de España nos beneficiamos de esa división, en tanto que los que viven del aparato se embolsan las tasas. Parece muy simple y lo es, lo único complicado es la ley respectiva para llevar a puerto cada una de esas tasas. Aclarado, por si acaso.

En fin, la amargura de las pasadas semanas hace mella en mi carácter, estoy irritable sin razón aparente, olvidadizo y poco detallista con quienes me soportan; los achaques impropios de mi edad actual se ceban en mi edad actual, dando cabo del cuerpo en reposo más a menudo de lo que debiera merecer. Las autonomías no son vida. Carecen de vida. Sólo son dinero y ni siquiera para todos lo que no somos clientes de los partidos.

Ergo votaré desde esta noche a cualquier partido, ideológicamente futil, económicamente absurdo o contrario a los principios socioéticos que me mantienen a dos patas, con tal de que luche con denuedo e incansablemente cada minuto del día para erradicar de nuestras vidas este cáncer político, económico, social y moralmente supremacista. Es decir, algún partido netamente centralista, como un francés cualquiera.

 

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La primavera tensa el muelle de disparo.

La pausa cotidiana para entonar la artrosis mientras comentamos la jugada haciendo remo esforzado, da mucho juego: las retinas cosidas, tan inconsistentes, manteniendo su análisis vivo sobre una bicicleta; el tapón del estrés, subiendo sus pulsaciones a base de meterle peso con cadencia lenta, muy cajún; y advirtiendo a cualquier otro achaque en ciernes que los resultados son día a día crecientes… Pero llega la primavera y los clanes del tatami se esfuerzan aun más en ponerse guapos para los días largos de sol y calor.
La vida sigue y es un placer ser su testigo, aunque huela a sudor y endorfinas.

Primavera

Spring tenses the firing spring. The daily pause to intonate the osteoarthritis while we comment the play making oar strenuous, gives good match: the stitched retinas, so inconsistent, keeping their analysis alive on a bicycle; the plug of stress, raising its pulsations by putting weight over with slow cadence, very cajun style; and warning of any other affliction in the making, the results are growing day by day… But spring comes and the tatami clans strive even harder to get handsome for the long days of sun and heat.
Life goes on and is a pleasure to be witness, although the smelling of sweat and endorphins.

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Londres por la suela

Londres ya no es lo que era –como casi todas partes-. La descolonización y subsecuente caída del nacionalismo metropolitano, más la pertinaz globalización que nos ofrece la electrónica (mayormente), ha dado cabo del estilo de vida y de las buenas formas inglesas: las personas globales se muestran indiferentes, cuando no sutilmente hostiles, con sus vecinos de acera, metro, circunstancia social, etc. El codazo, empujón, cruce inoportuno, etc., son armas que hay que saber utilizar, o bien, permanecer retraído hasta encontrar un hueco en la circulación. Y, hablando de circulación, ahí sí se mantiene cierta urbanidad que sólo algunos turistas imprudentes nos obstinamos en alterar.

Tanto aparece la pérdida de europeidad –cuya banderita paternal los ingleses siempre han izado, o pretendido al menos-, que el gran Harrods, aquel templo de la calidad y el buen gusto donde mi abuela encargada cosas de casa, ahora es el mismo templo dedicado al dios petróleo y a sus riquísimos servidores: apenas hay un anaquel donde no se perciba ese gusto de metales y cristales brillantes etiquetados con cualquier marca de lujo-lujo-de-verdad. Siempre nos quedará el indómito y aventurero Fortnum & Mason (un café y un té, 11 libras, nada caro en una ciudad que rebosa riqueza, influencia y poder).

A cambio de la tradicional piratería inglesa y sus requisas no menos globales, la museística es abrumadora. Me duele reconocer que, visto el recorrido de tantos países y protectorados ex británicos, la custodia de tantísimos tesoros es hoy providencial. La riqueza histórica y artística deja sin aliento hasta al más paleto, sus contenedores –llamarlos museos es casi un pecado- se encuentran repletos de piezas, tanto que llegan a avasallar la mirada, la curiosidad y la paciencia de los pobres pies. No obstante y como español, agradezco enormemente nuestro patrimonio universal y la museística tan prudente como selecta que gozamos.

La vida de turista privilegiado en Londres no puede tacharse de amarga, ni siquiera de incómoda y, por oposición al largamente celebrado turismo en Italia, los ingleses se lo hacen pagar nada barato: cualquier monumento, excepto los museos, contiene una taquilla no apta para becarios. A cambio, instalaciones magníficas, ciertamente equilibradas y custodiadas por mucho personal uniformado, especializado, amable y solícito (atiende, Italia…). Son el contrapeso a la ciudadanía de a pie que invade, llegado el fin de semana, el centro de Londres en un paseo inmisericorde, masivo y caótico. Los horarios se cumplen y el retraso meridional no existe: si no estás a la hora, mejor no vayas y te vas a la cama sin cenar.

Y, por más consideraciones y tarjetas-bono que se oferten, la suela sigue siendo el mejor transporte y más cercano. La superficie adolece de una orografía casi plana pero irregular: no solamente Londres es intrincado y medieval, sino estrecho y sosteniendo un tráfico denso y que sigue empecinado en ir por el carril opuesto siempre. Mientras que el subsuelo agujereado ofrece una agilidad no menos estrecha, pero mucho más fluida. En noviembre, por ejemplo, con una luz diurna tan escasa, el metro es un gran aliado. Y con esa experiencia me quedo, porque los buses para turistas no ofrecen más que atascos y cocorotas expuestas a la lluvia gris y sempiterna de la Corriente del Golfo.

Hago una salvedad en los barcos para turistas que ofrecen una parcial, pero preciosa, imagen del Londres histórico –en el sentido del Támesis, que siempre estuvo ahí- hasta Greenwich, apreciando cada viejo, obsoleto y reemplazado astillero fluvial.

Ganado Greenwich y salvadas las visitas a los ancianos Belfast y Cutty Sark, buques-museo de dudoso interés, el paseo ascendente hasta el célebre observatorio, poco menos que un montón de tierra arbolada sobre una pradera hermosísima, revela una obviedad que resultó comodísima para el inglés científico: cualquier punto de una circunferencia pudiera haber sido declarada meridiano 0, poner una tienda de recuerdos y sentarse al escaso sol con los pies al aire, pinta (sin tapa –aficionaos…-) en mano.

En fin, desde mi última y brevísima visita hace un año, hacía muchos años que no buceaba por Londres a voluntad, muchos recuerdos de otras ocasiones, muchos cambios, mucha pérdida, pero, como con la rapiña artística, ¿quién sabe si providencial?

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London by the sole

London is no longer what it was – almost everywhere. The decolonization and subsequent fall of metropolitan nationalism, plus the pervasive globalization that electronic (mostly) offers us, has ended the way of life and good English forms: global people are indifferent, if not subtly hostile, with their sidewalk, underground, social circumstance neighbours, etc. The elbow, the push, the wrong crossing, etc., are weapons that one must know how to use, or, to remain retracted until finding a gap in the circulation. And speaking of circulation, there does remain a certain urbanity that only some reckless tourists obstinate in altering.
So much appears the loss of Europeanness -whose paternal pennant the English have always hoisted, or at least pretended- that the great Harrods, that temple of quality and good taste where my grandmother charged things for home, is now the same dedicated temple to the God of Oil and his rich servers: there is scarcely a shelf where one does not perceive that taste of metals and glittering crystals labeled with any mark of true-luxury-luxury. We will always have the wild and adventurous Fortnum & Mason (a coffee and tea, 11 pounds, nothing expensive in a city brimming with wealth, influence and power).
In exchange for the traditional English piracy and its not less global predations, the museum is overwhelming. It pains me to recognize that, having seen the route of so many ex British countries and protectorates, the custody of so many treasures is today providential. The historical and artistic richness leaves breathless even the humblest hick, its containers – call them museums is almost a sin – are full of pieces, so much as to overwhelm the look, curiosity and patience of poor feet. Nevertheless and as a Spanish, I greatly appreciate our universal heritage and the museum as prudent as selective we enjoy.
The privileged tourist life in London can not be called bitter, or even uncomfortable, and, as opposed to the long-held tourism in Italy, the English make it pay nothing cheap: any monument, except museums, contains a ticket office not suitable for fellows in practice, magnificent facilities, certainly balanced and guarded by many uniformed, specialized, friendly and solicitous personnel (you see, Italy…?). They are the counterweight to ordinary citizens who invade on the weekend the center of London on a merciless, massive and chaotic walk. The schedules are fulfilled and the southern delay does not exist: if you are not on time, you better not go and get bed with no dinner.
And, for more considerations and bonus cards that are offered, the sole is still the best and closest transportation. The surface suffers from an almost flat but irregular terrain: not only London is intricate and medieval, but narrow and sustaining a dense traffic and still stubborn in going the opposite lane ever. While the bored subsoil offers no less narrow agility, but much more fluid. In November, for instance, with so little daylight, the underground is a great ally. And with that experience I stay, because the buses for tourists offer nothing more than jams and chumps exposed to the grey and everlasting rain of the Gulf Stream.
I make a reservation on tourist ships that offer a partial but precious image of historic London – in the sense of the Thames, which was always there – to Greenwich, appreciating every old, obsolete and replaced river wharf.
Gained Greenwich and saved visits to the elderly Belfast and Cutty Sark, museum-vessels of dubious interest, the walk up to the famous observatory, little less than a lot of wooded land on a beautiful meadow, reveals a notion that was very comfortable for the scientific English: any point on a circumference could have been declared meridian 0, put a souvenir shop and sit in the scarce sun with your feet in the air, pint (without tapa -amateurs… -) in hand.
Anyway, since my last very brief visit a year and odd ago, I had not been diving at will in London for many years, many memories of other occasions, many changes, much loss, but, as with artistic rapture, who knows if providential?

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Ojo de búho

Esta imagen representa técnicamente lo que el ojo humano sería capaz de ver casi en plena oscuridad, incluso se atisba algo de color natural. Fabuloso. Un objetivo con focal de 50mm y apertura de 1.1, ambos parámetros ligeramente inferiores al ojo ideal, es lo que calza desde esta tarde mi maravillosa Leica M. Parece que la pugna por la fotografía nocturna, súbita, normalmente emboscada, rápida, está a punto de culminar. De la misma manera que la búsqueda del objetivo perfecto (cuando menos para mi bolsillo).
Este mes de noviembre que parece amanecer geográficamente movido será un escenario fenomenal para dejar que pasee a su aire.

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Owl eye. This image technically represents what human eye would be able to see almost in the dark, even glimpsed some natural color. Fabulous. A lens with 50mm focal and 1.1 aperture, both slightly below the ideal eye parameters, is what fits my wonderful Leica M since last afternoon. It seems that the struggle for surprising, usually ambush, fast, night photography is about to complete. As well as for the hunt of the perfect lens (at least for my budget).
This November which seems to dawn geographically moved will be a great stage to let it walk on its own.

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Depilaos

Hay una subespecie en el templo del dolor musculado que, por más que lo tengo delante a diario,se me escapa. Debe ser por sus propiedades velocísticas.
Hace varios años alguien me llamó la atención acerca de mis pelos en las piernas cuando iba vestido de ciclista por esos montes de Castilla -me llevaba la bici a cuanto viaje, sin importar destino, incluso-. Incapaz de describir mi expresión facial al respecto, pero sí de recordar haber preguntado, todo incrédulo, la razón para que un simple aficionado al deporte y ferviente paseante en bici se viera impelido a rasurarse sus piernas (¿y los brazos… Y la cabeza?). Se me respondió muy profesionalmente que, en natación, las burbujas de aire retenidas entre ese pelo disminuía la velocidad en un porcentaje significativo, tanto que había peligro de perder la victoria. Y que, muy importante, el culotte queda fatal con pelo. Toma ya, campeón.
Ciclismo, natación, hay un paralelismo de desplazamiento a través de un fluido más o menos denso. Pero, se me ocurrió aducir, si me depilo bien depilao, ¿mis paseos serán más bonitos? Hombre…, pues no. Ah. Pues va a ser que no me afeito un pelo. Valiente memez.
Y años más tarde, vualá, me encuentro rodeado de tipos depilados bajo las trazas de infinitas modas deportivas. Muy pocos tienen pinta de ser campeones deportivos. Es más, ya dudo que ningún campeón deportivo se entrene en un gimnasio de barrio, por molón que sea (ambos, campeón y gimnasio). Luego dudo muy mucho que esa depilación llevada al extremo de aplicarle un láser piloso-letal proporcione récord alguno en competición alguna.
Me da en la nariz que se trata más bien de una táctica estética cuyas ventajas, la verdad, se me escapan, una vez descartado el afán competitivo. Y lo sé porque la más frecuente mayoría de calvos sectorialmente inferiores muestran una cabellera saneada y una barbita estratégica, ergo no son alopécicos absolutos, sino presumidos ¿de naitclab? -por pecar de tópico, que me apetece mucho-.

Shaved. There’s a subspecies in the temple of muscular pain, no matter what I have in front every day, is beyond me. It must be in their speedy properties.
Several years ago someone called attention to my hair on my legs when I was dressed as a cyclist by the hills of Castile -I used to take the bike with me every trip,  regardless of destination, even-. Unable to describe my facial expression about it, but remember to have asked, absolutely unbelieving, the reason to fit with a sports fan and avid biking marauder to be impelled to shave his legs (and arms… and head?). I was very professionally responded that, swimming, air bubbles retained among the hair slowed down by a significant percentage, while there was a risk of losing the victory. And, quite important, the culotte is hairy fatal. Take that, champ.

Cycling, swimming, there is a parallel displacement through a more or less dense fluid. But it happened to me to argue if I shave well shaved, my rides will be more beautiful? Man… nope. Ah. I’m not shaving a single hair then. Bold foolishness.
And years later, voilá, I feel myself like surrounded by shaved fellows under the traces of endless sports fashion. Very few have the look to be sporting champions. Moreover, I doubt that any sports champion gets trained in a neighborhood gym, groovy it (both champion and gym). Then I doubt very much that hair removal in the extreme of applying a hair-lethal laser provide any record in any competition.
It slaps me in the nose that is more a tactic which aesthetic advantages, truly, eludes me, once ruled the competitive zeal. And I know that the most common sectorially lower bald show healthy hair and strategic beard, ergo, balding isn’t absolute, but does nightclub smug? –just a topical sin, as I feel like much-.

Depilaos

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